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MARIO CORRADINI

Es un sábado de invierno y estoy en un monasterio budista, idéntico a los que se ven en las postales del Tíbet, con el característico techo con las puntas hacia arriba. Por todos lados hay banderas de muchos colores y el viento frío de enero las hace ondear. La vegetación es abundante y nos rodean los montes Pirineos, que marcan la frontera entre España y Francia.

En el patio del monasterio arde un fuego hecho con hojas y ramas secas, dentro de un círculo de piedras blancas. Subo hasta el segundo piso y encuentro a los monjes. Están construyendo figuras con una especie de masa hecha con harina. Hablan todo el tiempo en su lengua natal y parece que contaran chistes porque ríen constantemente. Tal vez lo estén haciendo de verdad. El lama jefe D’jombi debe medir un metro noventa. Viste la clásica túnica roja y anaranjada, tiene la cabeza rapada y en su rostro se dibuja una sonrisa que parece inmutable

– Majo, muy majo – me dice, en perfecto español, a modo de saludo. Me ofrecen té con masitas. Los lamas no comen, siguen con sus figuras de masa. Me presento y, en pocas palabras, les cuento que ando “cazando” sonidos.

– Ah…-dicen a coro los monjes, mientras siguen trabajando en sus esculturas. Ahora están uniendo las paredes de lo que parece un monasterio o un castillo. Pintan las figuras con colores vivos. Pido permiso para sacar algunas fotos.

– Templo sí, lamas mejor no – me responden. Relaciono esta respuesta a que, en esos momentos, hay protestas en las calles de Lasha, capital del Tíbet.

Me cuentan que la construcción es para una ceremonia que se realizará mañana, domingo. Ceremonia, lamas tibetanos, templo,… decido que no me lo puedo perder y pido permiso para grabar. Me responden afirmativamente y me advierten que empezará a las nueve en punto de la mañana.

 

A la hora indicada estoy ya listo, con todo el equipo de grabación, en la puerta del monasterio.

Me abre Carlos, un argentino de Rosario, que está haciendo el noviciado como aspirante a monje. No lo puedo creer, dos argentinos en un templo budista, en medio de los Pirineos. Miro a Carlos, su pequeña figura y su piel pálida contrastan con los bronceados y robustos lamas. Lleva la túnica roja, el pelo largo y anteojos. Está por empezar su retiro, que durará tres años, tres meses y tres días. Todo ese tiempo lo pasará en soledad. Lo visitará sólo su lama guía, muy de cuando en cuando. Me acompaña hasta un lugar del templo para poner los micrófonos. Me resulta extraño sentirme llamar che Mario entre las banderas del Tíbet.

Un monje enciende los sahumerios. Sólo entonces me avisan que la ceremonia durará hasta las seis de la tarde…Me siento sobre tres almohadones, cruzo las piernas y espero. Al rato se escucha un gong y los lamas empiezan el ritual. Alternan oraciones, canciones y mantras. Las oraciones son recitadas en conjunto, al unísono, con ritmos minuciosos y repetitivos. Tienen melodías extrañas para el oído occidental.

Cada tanto suenan las trompas tibetanas, de casi dos metros de largo, con un sonido estridente y capaz de sacudir la modorra hasta de los más dormidos.

Les adjudico esa función. Casi todas las músicas son rápidas y aumentan su velocidad a medida que transcurren. La parte rítmica la lleva una fila de tambores enormes, de un metro o más de diámetro. ¡Otra que discoteca! Entre las trompas, los tambores y los coros, aquí no duerme nadie.

Doy una ojeada a la computadora. Todo en orden. La grabación transcurre normalmente, las ondas sonoras se dibujan en la pantalla y parecen estallar cuando tocan y cantan todos juntos. Me doy cuenta del contraste entre la computadora y las velas del templo, lo antiguo y lo contemporáneo, pero es un contraste armónico, envuelto en el perfume profundo de los sahumerios.

A veces hay una pausa y pasan dos novicios sirviendo té con leche, muy azucarado. Luego el ritual se repite casi idéntico. Cuando llega el turno de los mantras los recitan sólo algunos lamas, de memoria, con un rosario budista en la mano, a mucha velocidad y susurrando. Después me explicaron que toda la ceremonia, en esta oportunidad, está orientada hacia el “poder que cambia y transforma”, el fuego, la energía que destruye y crea. Los mantras que escucho son específicos para esto.

La rutina sigue nueve horas corridas.

Al salir del templo me golpea el aire frío. Tengo las piernas entumecidas. El sol se deja ver apenas. Pasaron nueve horas desde el comienzo. Mientras guardaba los micrófonos se acercó Carlos.

– Che Mario, ojo con usar lo que grabaste, puede ser peligroso. Las canciones pueden divulgarse pero los mantras no. Sucede que tienen mucho poder y están prohibidos, así que no se deben divulgar de ninguna manera – y se fue, haciendo sonar sus sandalias en el templo casi vacío.

Me quedé como una estatua, con el micrófono en la mano. Mientras me disponía a marcharme pasó el lama jefe D’jombi. Le agradecí la invitación y le dije que se quedara tranquilo, que no usaremos los mantras públicamente. El lama me mira sonriendo sorprendido, desde sus casi dos metros, y me respondió:

– ¿Y por qué no? Usar, Mario, usar, es para bien de la gente, majo, muy majo.

Me despedí sin entender del todo lo que había pasado. Un monje me había negado el uso de los mantras, en cambio su jefe me había autorizado y, encima, alentado a hacerlo. Entonces comprendí un refrán que repetía mi padre: Si se quiere saber sobre el circo es mejor hablar con el director y no con los monos.

Me alejé del templo casi sin creer que todo ese tesoro estuviera en la memoria de mi computadora. Y en la mía, claro. Más atrás, entre los montes Pirineos, el templo se fue haciendo más pequeño. Sus banderas, que seguían agitándose con el viento frío, parecían saludarme desde lejos. Con mi pensamiento devolví el saludo, con gratitud.

 

 

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